Inicio arrow El Serano » etnografía arrow Relatos y anécdotas arrow La escuela de niñas de Codesal


La escuela de niñas de Codesal PDF Imprimir E-Mail
Calificación del usuario: / 12
MaloBueno 
Escrito por Paz   

Escuela Unitaria de Niñas. Codesal, 1966. Foto: MontesIntroducción

Junto a los artículos publicados hasta ahora en El Serano, que describen hechos reales, mi relato -escrito hace algunos años- puede tener bastante de fantasía. Primero, porque cuando salí de la escuela sólo tenía 8 ó 9 años, mis recuerdos ya han pasado el tamiz, lo malo se olvida, y segundo, porque lo escribí para ser leído a niños de primaria, cuya atención hay que atraer con algunos trucos. Aún así, ciertos aspectos de la vida en la escuela de las niñas sí creo que se ve reflejada.

 

La escuela de niñas de Codesal

La historia que os voy a contar ocurrió hace ya muchos años en un pueblecito al que no llegaba el tren y, por lo tanto, tampoco el circo, ni el cine...

Vestidos para la Fiesta del Corpus, 1962. Foto: MontesCada invierno, sin faltar uno, cuando los niños y niñas empezaban a ensayar los primeros villancicos al salir de la escuela y los mayores se afanaban en las tareas de las matanzas, las nieves llegaban puntuales, primero blanqueando las cumbres de la Sierra de la Culebra y poco después, el valle y las calles, los tejados y los árboles.

Tanto nevaba en las noches largas, que al despertarnos por la mañana, el silencio nos anunciaba que un gran manto de algodón blanco había cubierto todo, hasta los sonidos de las pisadas, las palabras... Y al abrir la puerta de la calle, la nieve que se había acumulado en ella, se derrumbaba y se metía en la casa. Entonces empezaba la faena. 

–Niños, hay que traer las palas para quitar la nieve. Hay que hacer el camino para ir a la escuela.

Mi papá siempre se encargaba de quitar la nieve.

Mi hermano y yo corríamos a buscar las palas y ayudábamos encantados.

Calzados con los cholos, unos zapatos de cuero y suela de madera, caminábamos hacia la escuela. Mi mamá y yo llevábamos una olla roja y grande que sujetábamos una por cada asa. La nieve que habíamos amontonado a los lados alcanzaba nuestras rodillas.

La escuela, una casa de piedra de dos pisos con rejas en las ventanas, tenía sólo dos clases; una para los chicos, arriba y la de abajo para las niñas, donde mi mamá era la maestra. Entonces, no parecía necesitar nueva pintura en sus paredes, ni nos dábamos cuenta de lo viejos que eran nuestros pupitres.

Al entrar había que poner la leña en la estufa, que estaba en el centro de la clase, y encenderla cuanto antes. ¡Qué frío hacía!

Aunque habíamos desayunado en casa, ya estábamos deseando que se hiciera la hora del recreo para tomar un vaso de leche calentita, que las niñas mayores preparaban en la olla. Era una leche muy rara que no salía de las vacas del pueblo, era tan rara que ni siquiera se cubría de nata, venía en sacos de papel y ¡no se mojaban!,  parecía harina sólo que cuando te chupabas los dedos sabía dulce.

Paz, 6 años, imagen del Sagrado Corazón y Enciclopedia de 3er grado, 1963. Foto: MontesPero antes había que leer. Para ello sacábamos la cartilla, y la pizarra y el pizarrín para escribir, ¡qué suerte, cada niña tenía su pizarra! La maestra, en cambio, tenía dos pizarras grandes y dos mapas. Las pizarras de la maestra siempre estaban llenas de cuentas y frases que las niñas pequeñas no entendíamos, porque aquello era para las mayores. Muchas ya podían copiar con sus plumas todo aquello en los cuadernos y también repasar los dibujos de los Reyes Magos, y otros reyes, y colorearlos con lápices de colores; igual que en la gruesa Enciclopedia que estudiaban.

Nuestras cartillas tenían pocos dibujos y menos colores. En la primera página venían las vocales: laapara abanico, laede elefante, laide iglesia, laode ojo y laude uvas.

 

Aquel día era muy especial. Todas estábamos muy nerviosas, porque la maestra nos dijo que acaba de llegar el señor Montes desde Zamora. El señor Montes sólo venía en ocasiones muy señaladas, por ejemplo para las comuniones de mayo, o para la fiesta del Corpus en junio. Aquel señor tan serio, con unas arrugas muy marcadas en su cara, no era simpático ni amable; sin embargo, siempre había que lavarse y hacerse las trenzas muy bien, ponerse el vestido más bonito, los calcetines blancos y los zapatos de charol cuando venía el señor Montes. Él nos colocaba delante de la casa, se ponía después detrás de un aparato que llamaban cámara fotográfica, nos decía que miráramos a un pajarito que nunca veíamos y ¡ya estaba! Algunas semanas más tarde recibíamos las fotografías por correo. Yo casi no me reconocía en aquella mirada temerosa y tímida.

Claro que aquel día no nos vestimos con esa ropa, hacía mucho frío para calcetines cortos. Él extendió una tela oscura que colgó sobre una pared. Luego fuimos sentándonos una a una en el pupitre delante de la tela, con la enciclopedia abierta por la mitad y un plumín en la mano. Y así nos fue haciendo las fotos.

Después posamos con la maestra para la foto de grupo, procurando tapar aquellas mesas que tenían unos troncos de árbol sobre los que nos sentábamos, porque no había sillas suficientes.

Escuela Unitaria de Niñas. Codesal, 1966. Foto: Montes

Al acabar la escuela, todas las niñas teníamos tareas que hacer. Primero íbamos juntas a buscar agua a la fuente con los botijos de barro, y luego debíamos traer comida para los conejos. En cada plaza dejábamos las huellas desordenadas de una batalla de bolas, la escultura rechoncha de un muñeco, o nuestras siluetas estampadas sobre la nieve. Al caer la noche, empapadas, nos refugiábamos a asar castañas en la lumbre de casa de mi abuela –seguras de habernos librado de la regañina por la mojadura–.

Ya secas y entrando en calor, anticipábamos la primavera, cuando cada jueves por la tarde solíamos ir de excursión al campo. Y una vez allí, jugábamos, aprendíamos nuevas canciones o recitábamos el catecismo, y merendábamos sentadas en la pradera, mientras la maestra nos contaba la leyenda de la Peña del Moro, o historias de niñas buenas y hacendosas. Imitando a las niñas de los cuentos, las mayores bordaban preciosas sábanas blancas y manteles para el “día de la madre”.

Por aquel entonces, con seis años, disfrutaba de mi primer curso de escuela. Tenía tantas ganas de ser como ellas que ya en mayo había logrado aprender a coser. Mi mamá siempre recordará que le regalé un mantel que yo había bordado sin que ella, la maestra, se enterara.

Publicado por la A.C. Las Raíces • raices.org. Sábado, 12 de abril de 2008. PAZ CRESPO

Debata sobre este artículo en los foros.(0 publicaciones)

Animamos a la Comunidad de Las Raíces a poner por escrito sus recuerdos del pueblo de su niñez, de su juventud... En la escuela, en las faenas del campo y la era, en las fiestas, en el río, etc. Los relatos y anécdotas también son valiosos documentos de «nuetras raíces» y reflejan los sentimientos y valores, la percepción del mundo que se tenía entonces. Haciéndolo, estaremos realizando una importante labor de documentación de las tradiciones y conservación de nuestra cultura e historia. Además, podremos ir poniendo aquí en común la información recopilada, con el fin de completarla y poder transmitirla a las nuevas generaciones.

 

Comentarios
Añadir nuevoBuscar
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios!
 
| Inicio | Asociación | Raíces 2008 | El Serano | El Campanario | La Rivera |